Mi trabajo se centra en el desnudo, tanto femenino como masculino.
Cada obra nace de la sinergia entre el modelo y yo: un diálogo silencioso donde la comunicación, la confianza y la entrega mutua son esenciales.
De ese intercambio surge un lenguaje propio, una forma de representación que trasciende el cuerpo para revelar algo más profundo: la presencia, la emoción, la vulnerabilidad.
Invito al espectador a asomarse a una ventana íntima, al territorio privado de quien posa.
Allí, el modelo se encuentra en su estado más expuesto —la desnudez—, pero a la vez adopta la actitud de quien ignora ser observado.
El espectador, en cambio, asume el rol del voyeur, testigo silencioso de una escena que no le pertenece.
Esta tensión entre mirar y ser mirado es el núcleo de mi obra.
El observador se ve confrontado con sus propios límites, deseos y reservas; con su manera de percibir la sexualidad, la belleza y la vulnerabilidad humana.
Así, la obra deja de ser un simple retrato del otro para transformarse en un espejo donde cada uno se encuentra —o se cuestiona— a sí mismo.
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